Finalmente me decidí por los jeans, así me veo regia y relajada a la vez. También aproveché para estrenar unas sandalias españolas maravillosas, más un top lila que hace que se destaquen más mis ojos. Usé joyas sencillas, porque nueva rica no soy.
Por supuesto que llegué un poco tarde, así, al entrar, todos los ojos se posarían en mí. Puse especial atención en la cara de Johann. Lo vi boquiabierto; quizás no me imaginaba tan regia como lo soy en verdad.
También me fijé en él, por supuesto. Tiene razón la Lena: se nota a lo lejos que tiene un buen cuerpo, espaldas anchas, brazos tonificados. Para mi gusto un poco tosco de facciones, muy rubio, pero es de ese tipo de persona que se nota que es extranjera, lo que es ideal para llamar la atención con él.
La Lena hizo comida típica alemana, que a Sven y Johann les encantó. Personalmente la encuentro asquerosa, llena de grasa, con razón son tan gordos. De hecho Johann, en unos pocos años, será el típico guatón alemanote. Y la Lena también, si sigue comiendo así.
Johann se comportó como un caballero, muy atento. Por supuesto que me hice la interesante, y hasta bostecé un par de veces. Es que la verdad me sentía muy incómoda en esta especie de cita a ciegas, ni que estuviera desesperada por un hombre. Johann, o cualquier otro, si quiere estar conmigo, debe hacer un esfuerzo. Toda esta actitud me duró hasta que me paré al baño y la Lena me siguió.
- ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué pareces como aburrida?
- No me pasa nada. Estoy normal.
- Mira, si quieres que Johann se interese por ti, muestra un poco de interés. ¿O acaso no te gustó?
- Me parece bien
- ¿Bien? Es regio, tiene plata, es el acompañante ideal para sacarles celos a Juan Antonio, y de paso, volver a casarte.
- Déjame conocerlo un poco antes de pensar en casarme, Lena.
- Entonces demuéstrale que te interesa: ríete de sus chistes fomes, hazle alguna pregunta, que se yo.
- Lo haré, no te preocupes.
Volví a la mesa y me hice la interesada: me reí de un par de chistes fomes de alemanes, le pregunté por la edad y nombre de sus hijos (lo que se me olvidó), me contó un poco de su trabajo (que también olvidé) y nos dimos cuenta que ambos amamos la cocina francesa. Con esta excusa me pidió mi número de teléfono para invitarme “al mejor restaurante francés”, según me dijo.
Cuando nos despedimos, me tomó de la cintura para darme un beso en la mejilla. No me gustó mucho esa actitud de tanta confianza. Veremos cómo se comporta en la cena.
lunes 9 de noviembre de 2009
lunes 2 de noviembre de 2009
Pensando.
Ayer me llamó la Cota García. Le contesté solamente porque no tengo su número registrado. Sonaba feliz de la vida, y supe de inmediato que era por Francisco. ¿Supiste que tu marido está viviendo con su amante en tu departamento?, fue lo primero que me dijo. Ex marido, le corregí, y sí, ya lo sabía, le mentí para no darle en el gusto.
Apenas dejé de hablar con ella me hice un vodka tónica. Por eso Francisco no tuvo problemas en acceder a todas mis peticiones económicas: me dio la mitad del valor del departamento, me da dinero mensual, me dejó llevarme mis muebles favoritos… Qué le vamos a hacer, le gustan las rotas. De todas maneras siempre me sentí mucho para él, y quizás eso le molestaba. Porque no cualquier hombre soporta tener de compañera a una mujer regia como yo. Con la rota esa se siente más a gusto.
Ahora me da lo mismo lo que mi círculo social pueda pensar, porque Francisco se hizo un flaco favor al vivir con la rota, y uno grande a mi. Primero, no hay nada más último que “irse a vivir”. El matrimonio es para la gente de bien, eso es obvio. Segundo, me imagino al pobre de Francisco (me da hasta lástima) yendo a esas cenas finísimas que nos invitaban, con la rota teñida rubia del brazo. Obvio que toda la gente se dará cuenta que yo era demasiado para él.
Tomando mi tercer vodka tónica (tuve que practicar para que me quedaran ricos porque me había acostumbrado a que me los hiciera la nany, que al final se quedó con Francisco. Ahora tengo una nany peruana) encontré que la Lena tiene razón. Debo ir al matrimonio de Juan Antonio, y del brazo de un hombre apuesto y educado. Si lo único que me molesta es que tendré que conocerlo en una especie de cita a ciegas, que encuentro último. Y no tengo porqué llamar a Juan Antonio; con que les haga llegar un regalo basta y sobra.
Este sábado conoceré a Johann. Estoy un poco indecisa si uso un vestido precioso que tengo sin estrenar, o unos jeans que me hacen ver demasiado regia. Es que no quiero darle la señal equivocada: a través de mi ropa él debe darse cuenta que trata con una dama, que no porque ahora vivo sola y tengo dos matrimonios a cuestas soy fácil. Pero divertida y buena compañera, eso de todas maneras.
Apenas dejé de hablar con ella me hice un vodka tónica. Por eso Francisco no tuvo problemas en acceder a todas mis peticiones económicas: me dio la mitad del valor del departamento, me da dinero mensual, me dejó llevarme mis muebles favoritos… Qué le vamos a hacer, le gustan las rotas. De todas maneras siempre me sentí mucho para él, y quizás eso le molestaba. Porque no cualquier hombre soporta tener de compañera a una mujer regia como yo. Con la rota esa se siente más a gusto.
Ahora me da lo mismo lo que mi círculo social pueda pensar, porque Francisco se hizo un flaco favor al vivir con la rota, y uno grande a mi. Primero, no hay nada más último que “irse a vivir”. El matrimonio es para la gente de bien, eso es obvio. Segundo, me imagino al pobre de Francisco (me da hasta lástima) yendo a esas cenas finísimas que nos invitaban, con la rota teñida rubia del brazo. Obvio que toda la gente se dará cuenta que yo era demasiado para él.
Tomando mi tercer vodka tónica (tuve que practicar para que me quedaran ricos porque me había acostumbrado a que me los hiciera la nany, que al final se quedó con Francisco. Ahora tengo una nany peruana) encontré que la Lena tiene razón. Debo ir al matrimonio de Juan Antonio, y del brazo de un hombre apuesto y educado. Si lo único que me molesta es que tendré que conocerlo en una especie de cita a ciegas, que encuentro último. Y no tengo porqué llamar a Juan Antonio; con que les haga llegar un regalo basta y sobra.
Este sábado conoceré a Johann. Estoy un poco indecisa si uso un vestido precioso que tengo sin estrenar, o unos jeans que me hacen ver demasiado regia. Es que no quiero darle la señal equivocada: a través de mi ropa él debe darse cuenta que trata con una dama, que no porque ahora vivo sola y tengo dos matrimonios a cuestas soy fácil. Pero divertida y buena compañera, eso de todas maneras.
lunes 26 de octubre de 2009
Conversando con Lena VI: los recados.
- Me parece último que Francisco te use como recadera.
- No te preocupes, si a mi me da lo mismo.
- Es que lo encuentro último de cobarde. ¿Y cuál es el famoso recado?
- Lo típico: que eres una excelente mujer, bonita, educada, que te agradece el tiempo que estuvieron juntos…
- Eso ya lo sé.
- Fíjate que estaba muy nervioso y se dio varias vueltas antes de decirme que, y este es el recado, que comenzaría con el proceso de divorcio.
- ¡Me parece excelente! En vez de este caffè latte, deberíamos tomar champaña.
- ¿No te da curiosidad saber porque desistió de tu perdón?
- Porque desde que lo pillé con la rota esa, supo que me había perdido para siempre. Más claro echarle agua.
- La Cota García me contó otra versión.
- La versión rasca, querrás decir.
- Algo así. El otro recado es de Juan Antonio. Aunque no es un recado propiamente tal.
- De ese menos quiero saber. Mira, de esos dos no hago ni un hombre que valga la pena.
- Pero igual te digo: me pregunta a cada rato por ti. Me dice que no se quiere casar sin haber hablado contigo antes, que quiere ser tu amigo, que eres una mujer muy importante en su vida…
- Tan importante que igual se casará con la china fea esa.
- Si vieras, cada vez que me encuentro con él en el instituto me habla de ti. Deberías llamarlo.
- Ni muerta. Que se quede con la china.
- Cosa tuya, pero antes de ir al matrimonio tienes que llamarlo para felicitarlo.
- ¿Y qué te hace suponer que yo iré?
- Tu inteligencia, mujer. Así le demuestras que no te importa. Mira, lo tengo todo pensado: nos vamos a un spa el mismo día, nos compramos los vestidos de la nueva temporada vía internet…
- Claro, y llego sola. Regia y sola.
- Todavía no he llegado a esa parte. Con Sven tenemos pensado presentarte uno o dos candidatos para que no estés sola. Mira, será una comida bien sencilla y de buen gusto en mi casa…
- ¿Una cita a ciegas? No, gracias.
- No seas prejuiciosa. ¿O acaso no confías en mi buen gusto?
- No se trata de eso. Lo encuentro último, eso es.
- Mira, te voy a contar un poco del que más me gusta a mí, para que te entusiasmes: se llama Johann Bieber, sus papás son descendientes de alemán, no te preocupes que no es como Sven, con esa crianza alemana. Por eso me gusta para ti. Y vieras la plata que gana. Separado con dos hijos, creo. Niños pequeños. Qué mejor
- Horrendo me parece. Lo que me faltaba: dármelas de madrastra.
- Tienes que verlo desde esta óptica: no te pedirá hijos, porque ya los tiene. Y es bien regio, nada todas las mañanas antes de ir al trabajo. Imagínate el cuerpo que tiene.
- ¿Y quieres que lo conozca en tu casa y luego lo invite al matrimonio?
- Algo así. Piensa solamente en la cara de Juan Antonio cuando te vea, más regia que nunca, con un hombre atractivo, elegante y te mira con ojos de deseo.
- Con que me mire con respeto me basta, Lena.
- No te preocupes, si a mi me da lo mismo.
- Es que lo encuentro último de cobarde. ¿Y cuál es el famoso recado?
- Lo típico: que eres una excelente mujer, bonita, educada, que te agradece el tiempo que estuvieron juntos…
- Eso ya lo sé.
- Fíjate que estaba muy nervioso y se dio varias vueltas antes de decirme que, y este es el recado, que comenzaría con el proceso de divorcio.
- ¡Me parece excelente! En vez de este caffè latte, deberíamos tomar champaña.
- ¿No te da curiosidad saber porque desistió de tu perdón?
- Porque desde que lo pillé con la rota esa, supo que me había perdido para siempre. Más claro echarle agua.
- La Cota García me contó otra versión.
- La versión rasca, querrás decir.
- Algo así. El otro recado es de Juan Antonio. Aunque no es un recado propiamente tal.
- De ese menos quiero saber. Mira, de esos dos no hago ni un hombre que valga la pena.
- Pero igual te digo: me pregunta a cada rato por ti. Me dice que no se quiere casar sin haber hablado contigo antes, que quiere ser tu amigo, que eres una mujer muy importante en su vida…
- Tan importante que igual se casará con la china fea esa.
- Si vieras, cada vez que me encuentro con él en el instituto me habla de ti. Deberías llamarlo.
- Ni muerta. Que se quede con la china.
- Cosa tuya, pero antes de ir al matrimonio tienes que llamarlo para felicitarlo.
- ¿Y qué te hace suponer que yo iré?
- Tu inteligencia, mujer. Así le demuestras que no te importa. Mira, lo tengo todo pensado: nos vamos a un spa el mismo día, nos compramos los vestidos de la nueva temporada vía internet…
- Claro, y llego sola. Regia y sola.
- Todavía no he llegado a esa parte. Con Sven tenemos pensado presentarte uno o dos candidatos para que no estés sola. Mira, será una comida bien sencilla y de buen gusto en mi casa…
- ¿Una cita a ciegas? No, gracias.
- No seas prejuiciosa. ¿O acaso no confías en mi buen gusto?
- No se trata de eso. Lo encuentro último, eso es.
- Mira, te voy a contar un poco del que más me gusta a mí, para que te entusiasmes: se llama Johann Bieber, sus papás son descendientes de alemán, no te preocupes que no es como Sven, con esa crianza alemana. Por eso me gusta para ti. Y vieras la plata que gana. Separado con dos hijos, creo. Niños pequeños. Qué mejor
- Horrendo me parece. Lo que me faltaba: dármelas de madrastra.
- Tienes que verlo desde esta óptica: no te pedirá hijos, porque ya los tiene. Y es bien regio, nada todas las mañanas antes de ir al trabajo. Imagínate el cuerpo que tiene.
- ¿Y quieres que lo conozca en tu casa y luego lo invite al matrimonio?
- Algo así. Piensa solamente en la cara de Juan Antonio cuando te vea, más regia que nunca, con un hombre atractivo, elegante y te mira con ojos de deseo.
- Con que me mire con respeto me basta, Lena.
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lunes 19 de octubre de 2009
Mejor que nunca.
Sé que dije que no dejaría de escribir en mi pc rosado, porque me serviría para releerme y darme cuenta de mis errores, si es que los hay.
Sin embargo, no pude hacerlo. Me han pasado cosas desastrosas este último tiempo, cosas de rotería última, que hasta me da vergüenza escribirlas.
Para empezar: Francisco y sus mentiras. Acepté ir a terapia de pareja, donde lo vi arrepentido y ojeroso. Según él todo el cuento con la rota fue simplemente sexual, que se había alejado de mí porque muchas veces yo era fría y no veía en mí ganas de ser madre. Puras tonteras. Lo peor de todo fue que juró frente a la terapeuta que no seguía viendo a la rota teñida esa, que sólo quería volver conmigo y ser felices. Y gracias al detective y su informe cada dos días, pude darme cuenta que sí estaba con la rota, que la esperaba afuera de su trabajo y que muchas veces la iba a dejar, en esas comunas periféricas en que las casas valen lo mismo que mi jeep, que muchísimas veces se quedaban en el hotel, porque claro, Francisco sabe que jamás lo buscaré, entonces el muy fresco se paseaba por donde quería con la rota teñida de rubia.
Lo peor no fue eso, porque yo, la tonta bondadosa y comprensiva, pensaba volver con él, hacerlo sufrir un poco, que me hiciera mejores regalos (como el mismo jeep pero del año, hasta lo tenía visto en un rojo maravilloso), pero cuando vi las fotos, ellos juntos tan felices, hice algo que hasta el día de hoy me pone roja de vergüenza cada vez que me acuerdo: enfrenté a la rota esa. Pero no me quiero acordar.
Para que hablar de Juan Antonio. En vista y considerando que no le pensaba contestar el teléfono, me envió varios mensajes de texto, invitándome a distintas partes, que la china fea llegaría luego, que aprovecháramos. ¿Aprovechar qué, me pregunto yo? ¿Acaso esa es una invitación digna para una mujer de mi tipo? Me dieron ganas de pegarle por la falta de respeto. Y para rematarla, me envió un parte de su matrimonio. Último. Por supuesto lo eliminé de amigo y borré todos sus números telefónicos y cualquier cosa que me lo recordara.
Ahora escribo en mi nueva terraza de mi nuevo departamento. Llegué a un excelente acuerdo monetario con Francisco, y me pude independizar. La Lena me ayudó a tomar la decisión, porque tiene toda la razón: como todo el mundo se enteró de la rotería de Francisco con la teñida esa (gracias a la envidiosa de la Cota García), una forma de decir que estoy mil veces mejor sola que mal acompañada es haberme comprado este departamento en el mejor barrio, verme más regia que nunca, ir de compras, sonreír y aceptar mi nueva vida. Hasta estoy pensando en ir al matrimonio de Juan Antonio con la china horrenda.
Sin embargo, no pude hacerlo. Me han pasado cosas desastrosas este último tiempo, cosas de rotería última, que hasta me da vergüenza escribirlas.
Para empezar: Francisco y sus mentiras. Acepté ir a terapia de pareja, donde lo vi arrepentido y ojeroso. Según él todo el cuento con la rota fue simplemente sexual, que se había alejado de mí porque muchas veces yo era fría y no veía en mí ganas de ser madre. Puras tonteras. Lo peor de todo fue que juró frente a la terapeuta que no seguía viendo a la rota teñida esa, que sólo quería volver conmigo y ser felices. Y gracias al detective y su informe cada dos días, pude darme cuenta que sí estaba con la rota, que la esperaba afuera de su trabajo y que muchas veces la iba a dejar, en esas comunas periféricas en que las casas valen lo mismo que mi jeep, que muchísimas veces se quedaban en el hotel, porque claro, Francisco sabe que jamás lo buscaré, entonces el muy fresco se paseaba por donde quería con la rota teñida de rubia.
Lo peor no fue eso, porque yo, la tonta bondadosa y comprensiva, pensaba volver con él, hacerlo sufrir un poco, que me hiciera mejores regalos (como el mismo jeep pero del año, hasta lo tenía visto en un rojo maravilloso), pero cuando vi las fotos, ellos juntos tan felices, hice algo que hasta el día de hoy me pone roja de vergüenza cada vez que me acuerdo: enfrenté a la rota esa. Pero no me quiero acordar.
Para que hablar de Juan Antonio. En vista y considerando que no le pensaba contestar el teléfono, me envió varios mensajes de texto, invitándome a distintas partes, que la china fea llegaría luego, que aprovecháramos. ¿Aprovechar qué, me pregunto yo? ¿Acaso esa es una invitación digna para una mujer de mi tipo? Me dieron ganas de pegarle por la falta de respeto. Y para rematarla, me envió un parte de su matrimonio. Último. Por supuesto lo eliminé de amigo y borré todos sus números telefónicos y cualquier cosa que me lo recordara.
Ahora escribo en mi nueva terraza de mi nuevo departamento. Llegué a un excelente acuerdo monetario con Francisco, y me pude independizar. La Lena me ayudó a tomar la decisión, porque tiene toda la razón: como todo el mundo se enteró de la rotería de Francisco con la teñida esa (gracias a la envidiosa de la Cota García), una forma de decir que estoy mil veces mejor sola que mal acompañada es haberme comprado este departamento en el mejor barrio, verme más regia que nunca, ir de compras, sonreír y aceptar mi nueva vida. Hasta estoy pensando en ir al matrimonio de Juan Antonio con la china horrenda.
lunes 3 de agosto de 2009
Conversando con Lena V:
- Me tienes realmente preocupada. No te hace bien pasar encerrada en el departamento todo el día.
- No me siento bien, Lena.
- Me imagino que no, pero debes buscar una solución. ¿Hablaste con Francisco?
- Se está quedando en un hotel mientras espera que yo lo escuche.
- ¿Y volviste a llamar a Juan Antonio?
- ¡Estás loca! Tengo dignidad, y harta.
- ¿Qué tiene que ver la dignidad aquí?
- Lena, se va a casar sí o sí con la china fea.
- Pero mujer, quizás lo pillaste por sorpresa con tu noticia.
- Me da lo mismo; yo esperaba que se pusiera feliz porque finalmente podemos estar juntos, como siempre quisimos.
- ¿Estás 100% segura que es lo que tú realmente quieres?
- ¿A qué te refieres?
- Según lo que tú me contaste, cuando Juan Antonio te dijo que te casaras con él tu dudaste por su forma de vivir, por la forma en que tendría que cambiar tu vida, y finalmente le dijiste que no.
- Pero eso fue antes.
- Pero las cosas no han cambiado nada desde entonces.
- Estás confundiendo las situaciones, Lena.
- Me parece que la confundida eres tú. Sabes que si vives con Juan Antonio, tendrías que trabajar y vivir de otra manera. No te podrías dar los gustos que ahora sí, por ejemplo.
- Podría seguir con mi estándar de vida y con Juan Antonio, porque mi idea era obligar a Francisco a que me dejara este departamento y que me suba la pensión. Ahora da lo mismo.
- Te apuesto que te has dedicado a tomar vodka tónica y ni has ido a ver al detective.
- Es que lo que haga Francisco me da lo mismo.
- ¿Le vas a regalar a la rota teñida tu marido?
- Se supone que ya no está con ella.
- Si quieres yo voy donde el detective y te llevo los informes.
- ¿Te conté que mi mamá me recomendó una terapia de pareja con Francisco?
- Me parece excelente idea.
- ¿Tú crees que debería aceptar de vuelta a Francisco y olvidarme para siempre de Juan Antonio?
- Si lo vemos por el lado que Juan Antonio se casará en la primavera con Nanako y que Francisco te pide que lo perdones…
- Mi vida volvería a ser la de antes. Pero sin Juan Antonio.
- ¿Eso es bueno o malo?
- Buena pregunta.
- ¡Pero obvio que es bueno! De hecho, una vez que puedas estar con Francisco sin rencores, deberías embarazarte y comenzar una nueva etapa en la vida de ustedes como matrimonio.
- Ah, no, eso sí que jamás. Me encantan los niños, pero yo no nací para ser madre.
- Eso no se sabe hasta que te embarazas.
- ¿Sabes Lena? Esta conversación sobre el futuro me está haciendo mal. Yo pensaba que todo sería diferente. Te juro que estaba hasta feliz.
- Me da mucha tristeza escucharte así. Pero fíjate que como tu amiga debo ayudarte a que no te hundas más. Voy a ir yo donde el detective a buscar los informes, y así será más fácil saber si Francisco te miente de nuevo.
- Lo malo que el detective no me ayudará a olvidar a Juan Antonio.
- No me siento bien, Lena.
- Me imagino que no, pero debes buscar una solución. ¿Hablaste con Francisco?
- Se está quedando en un hotel mientras espera que yo lo escuche.
- ¿Y volviste a llamar a Juan Antonio?
- ¡Estás loca! Tengo dignidad, y harta.
- ¿Qué tiene que ver la dignidad aquí?
- Lena, se va a casar sí o sí con la china fea.
- Pero mujer, quizás lo pillaste por sorpresa con tu noticia.
- Me da lo mismo; yo esperaba que se pusiera feliz porque finalmente podemos estar juntos, como siempre quisimos.
- ¿Estás 100% segura que es lo que tú realmente quieres?
- ¿A qué te refieres?
- Según lo que tú me contaste, cuando Juan Antonio te dijo que te casaras con él tu dudaste por su forma de vivir, por la forma en que tendría que cambiar tu vida, y finalmente le dijiste que no.
- Pero eso fue antes.
- Pero las cosas no han cambiado nada desde entonces.
- Estás confundiendo las situaciones, Lena.
- Me parece que la confundida eres tú. Sabes que si vives con Juan Antonio, tendrías que trabajar y vivir de otra manera. No te podrías dar los gustos que ahora sí, por ejemplo.
- Podría seguir con mi estándar de vida y con Juan Antonio, porque mi idea era obligar a Francisco a que me dejara este departamento y que me suba la pensión. Ahora da lo mismo.
- Te apuesto que te has dedicado a tomar vodka tónica y ni has ido a ver al detective.
- Es que lo que haga Francisco me da lo mismo.
- ¿Le vas a regalar a la rota teñida tu marido?
- Se supone que ya no está con ella.
- Si quieres yo voy donde el detective y te llevo los informes.
- ¿Te conté que mi mamá me recomendó una terapia de pareja con Francisco?
- Me parece excelente idea.
- ¿Tú crees que debería aceptar de vuelta a Francisco y olvidarme para siempre de Juan Antonio?
- Si lo vemos por el lado que Juan Antonio se casará en la primavera con Nanako y que Francisco te pide que lo perdones…
- Mi vida volvería a ser la de antes. Pero sin Juan Antonio.
- ¿Eso es bueno o malo?
- Buena pregunta.
- ¡Pero obvio que es bueno! De hecho, una vez que puedas estar con Francisco sin rencores, deberías embarazarte y comenzar una nueva etapa en la vida de ustedes como matrimonio.
- Ah, no, eso sí que jamás. Me encantan los niños, pero yo no nací para ser madre.
- Eso no se sabe hasta que te embarazas.
- ¿Sabes Lena? Esta conversación sobre el futuro me está haciendo mal. Yo pensaba que todo sería diferente. Te juro que estaba hasta feliz.
- Me da mucha tristeza escucharte así. Pero fíjate que como tu amiga debo ayudarte a que no te hundas más. Voy a ir yo donde el detective a buscar los informes, y así será más fácil saber si Francisco te miente de nuevo.
- Lo malo que el detective no me ayudará a olvidar a Juan Antonio.
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lunes 27 de julio de 2009
Lo injusto de la vida.
Francisco no volvió al departamento esa noche, pero me envió muchas rosas rojas con una tarjeta, donde decía que entendía que quería estar sola para pensar, que si quería lo podía ubicar en el hotel donde estaba durmiendo o en el celular. Firmó con un “te amo”.
Por indicación de la Lena volví a contratar al detective, por si realmente Francisco termina la relación con la rota teñida o son sólo palabras. Tuve que pagar más porque me dará un informe cada dos días, durante dos semanas.
Mi peor miedo es que todo el mundo se enterara de la rotería de Francisco, gracias a la Cota García y su envidia hacia mi persona. ¿Tengo yo la culpa de ser tan regia en forma natural y ella sólo gracias a las cirugías? Obvio que las ganas de contarle a todo el mundo debe tener, pero tiene que dar una explicación que quizás no quiera: la rota teñida de rubia trabaja en el mismo banco que el Pollo Cortés, de seguro fueron amantes, por eso él pudo sacarle esas fotos y entregárselas. De lo más rasca la historia, es que Francisco se pasó.
La segunda tarde que pasaba en soledad en el departamento me llamó Juan Antonio. Estaba muy contento porque se había conseguido una cabaña en la nieve por todo el fin de semana; amoroso él se acordó cuanto me gusta esquiar. Entonces aproveché de contarle que estaba libre para siempre.
- No te entiendo.
- Me separé de Francisco. Ya no vive conmigo.
- No te creo.
- En serio, Juan Antonio. Ahora vivo sola.
- ¿Desde cuándo?
- Hace dos días, pero es para siempre.
- ¿Y qué hizo ese pobre hombre para que lo echaras de la casa?
- Nada de pobre hombre. Me engañó con una rota última. Pero no quiero hablar de eso. Ahora me enfoco en el futuro.
- ¿Estás segura que te engañó?
- Juan Antonio, contraté un detective. Vi las fotos, sé donde la rota última vive, trabaja, todo. Pero no quiero hablar más de eso.
- Entonces mayor razón para escaparnos a la nieve. Sobre todo ahora que no tienes que inventar nada.
- ¿Eso es lo único que tienes para decirme?
- Otra vez no te entiendo.
- Te acabo de contar que dentro de poco seré soltera y lo único que me dices es que lo bueno que no tengo que inventar nada?
- ¿Y qué esperas que te diga?
- No sé, que estás feliz, que es una excelente noticia que cambia todo el panorama para el futuro…
- Cambiará tu futuro, pero no el mío.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Que mi vida sigue igual, eso.
- ¿Seguirás con los planes de matrimonio con la china?
- Japonesa y su nombre es Nanako.
No pude seguir escuchando y le corté. Le pedí un vodka a la nany e inmediatamente me puse a llorar. Me invadió la amargura en forma inmediata y no podía creer lo injusto de la vida. ¿Por qué estás cosas me pasan a mí?
Por indicación de la Lena volví a contratar al detective, por si realmente Francisco termina la relación con la rota teñida o son sólo palabras. Tuve que pagar más porque me dará un informe cada dos días, durante dos semanas.
Mi peor miedo es que todo el mundo se enterara de la rotería de Francisco, gracias a la Cota García y su envidia hacia mi persona. ¿Tengo yo la culpa de ser tan regia en forma natural y ella sólo gracias a las cirugías? Obvio que las ganas de contarle a todo el mundo debe tener, pero tiene que dar una explicación que quizás no quiera: la rota teñida de rubia trabaja en el mismo banco que el Pollo Cortés, de seguro fueron amantes, por eso él pudo sacarle esas fotos y entregárselas. De lo más rasca la historia, es que Francisco se pasó.
La segunda tarde que pasaba en soledad en el departamento me llamó Juan Antonio. Estaba muy contento porque se había conseguido una cabaña en la nieve por todo el fin de semana; amoroso él se acordó cuanto me gusta esquiar. Entonces aproveché de contarle que estaba libre para siempre.
- No te entiendo.
- Me separé de Francisco. Ya no vive conmigo.
- No te creo.
- En serio, Juan Antonio. Ahora vivo sola.
- ¿Desde cuándo?
- Hace dos días, pero es para siempre.
- ¿Y qué hizo ese pobre hombre para que lo echaras de la casa?
- Nada de pobre hombre. Me engañó con una rota última. Pero no quiero hablar de eso. Ahora me enfoco en el futuro.
- ¿Estás segura que te engañó?
- Juan Antonio, contraté un detective. Vi las fotos, sé donde la rota última vive, trabaja, todo. Pero no quiero hablar más de eso.
- Entonces mayor razón para escaparnos a la nieve. Sobre todo ahora que no tienes que inventar nada.
- ¿Eso es lo único que tienes para decirme?
- Otra vez no te entiendo.
- Te acabo de contar que dentro de poco seré soltera y lo único que me dices es que lo bueno que no tengo que inventar nada?
- ¿Y qué esperas que te diga?
- No sé, que estás feliz, que es una excelente noticia que cambia todo el panorama para el futuro…
- Cambiará tu futuro, pero no el mío.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Que mi vida sigue igual, eso.
- ¿Seguirás con los planes de matrimonio con la china?
- Japonesa y su nombre es Nanako.
No pude seguir escuchando y le corté. Le pedí un vodka a la nany e inmediatamente me puse a llorar. Me invadió la amargura en forma inmediata y no podía creer lo injusto de la vida. ¿Por qué estás cosas me pasan a mí?
lunes 20 de julio de 2009
Sin tristezas.
Como Francisco se fue al trabajo sin acusar recibo de mis exigencias, llamé a un cerrajero, cambié las chapas de las puertas (llegará hasta el estacionamiento solamente) y con un radio taxi le envié toda su ropa al trabajo (Obvio que la nany le hizo las maletas). Y como jamás he sido depresiva ni he dejado que la tristeza me embargue, puse música entretenida bien fuerte y me puse a ordenar la ropa en el gran clóset que me quedó.
Después me senté en la terraza a reflexionar sobre el curso que tomará mi vida desde ahora en adelante. ¿Llamó a Juan Antonio y le cuento que estoy libre? ¿Le regalo Francisco a la rota teñida de rubia sin dar la pelea? Porque eso sí que me daría vergüenza: que todos supieran la clase de mujer que prefiere. Estaría en boca de todas las viejas gordas envidiosas, y eso ni pensarlo. Me tendría que ir del país por un tiempo bastante prolongado, mínimo.
Decidí llamar a la Lena y escuchar sus consejos. Lo primero que me dijo fue:
- Imaginémonos que te separas de Francisco, te quedas con el departamento, te da más plata, luego Juan Antonio deja a la japonesa y se casa contigo. ¿Ese es el plan?
- No suena mal.
- ¿Estás 100% segura de querer dejar a Francisco?
- Obvio, por algo le envié su ropa y le cambié la chapa a la puerta.
- Me refiero que estás actuando por despecho. Deberías dejar pasar unos días para pensar bien lo que quieres hacer.
- No tengo nada que pensar, Lena. Estoy enojadísima, vieras la rota última por la que me cambió.
- No te cambió por nadie. Te apuesto que es sólo una calentura, nada más. No hay amor, sólo sexo.
- ¿Cómo puedes saberlo?
- Porque si quisiera “cambiarte” por alguien buscaría otro tipo de mujer, no una rubia teñida. A todo esto, ¿cuándo me vas a mostrar las fotos?
- ¿Y para qué quieres verlas?
- Para ver como es la rota. La podemos ir a molestar a su trabajo, porque sabes donde trabaja, ¿o no?
- Sí, en un banco rasca en el centro. Pero no pienso ir, no quiero ni verle la cara.
- Entonces le piensas regalar a Francisco.
- No sé, Lena, la verdad estoy muy confundida.
- Pero tienes a Juan Antonio, el gran amor de tu vida. Te olvidas de Francisco para siempre, y finalmente cierras tu historia con él. ¿Qué te importa si Francisco hasta se casa con la teñida esa?
- Me muero si se casa con ella. No quiero ni pensarlo. Francisco es mi marido.
- ¿Te fijas? Entonces estás con rabia solamente. Déjalo que sufra unos días y los vas perdonando de a poco. Mandarle las maletas me parece un poco exagerado, pero supongo que debe estar harto asustado.
- Lena, ¿qué harías tú en mi lugar?
- Te juro que no sé. Supongo que lloraría, a Sven le pegaría un par de cachetadas y obvio que lo echo de la casa. Pero también me preguntaría que hice yo para que él se fijara en otra.
- No me parece, fíjate. No lo pienso hacer, tampoco. Si se fijó en otra es su problema, no mío.
Estuve toda la tarde en la terraza, pensando cuál es mi parte de la culpa en esta infidelidad. Y llegué a una conclusión: ninguna.
Después me senté en la terraza a reflexionar sobre el curso que tomará mi vida desde ahora en adelante. ¿Llamó a Juan Antonio y le cuento que estoy libre? ¿Le regalo Francisco a la rota teñida de rubia sin dar la pelea? Porque eso sí que me daría vergüenza: que todos supieran la clase de mujer que prefiere. Estaría en boca de todas las viejas gordas envidiosas, y eso ni pensarlo. Me tendría que ir del país por un tiempo bastante prolongado, mínimo.
Decidí llamar a la Lena y escuchar sus consejos. Lo primero que me dijo fue:
- Imaginémonos que te separas de Francisco, te quedas con el departamento, te da más plata, luego Juan Antonio deja a la japonesa y se casa contigo. ¿Ese es el plan?
- No suena mal.
- ¿Estás 100% segura de querer dejar a Francisco?
- Obvio, por algo le envié su ropa y le cambié la chapa a la puerta.
- Me refiero que estás actuando por despecho. Deberías dejar pasar unos días para pensar bien lo que quieres hacer.
- No tengo nada que pensar, Lena. Estoy enojadísima, vieras la rota última por la que me cambió.
- No te cambió por nadie. Te apuesto que es sólo una calentura, nada más. No hay amor, sólo sexo.
- ¿Cómo puedes saberlo?
- Porque si quisiera “cambiarte” por alguien buscaría otro tipo de mujer, no una rubia teñida. A todo esto, ¿cuándo me vas a mostrar las fotos?
- ¿Y para qué quieres verlas?
- Para ver como es la rota. La podemos ir a molestar a su trabajo, porque sabes donde trabaja, ¿o no?
- Sí, en un banco rasca en el centro. Pero no pienso ir, no quiero ni verle la cara.
- Entonces le piensas regalar a Francisco.
- No sé, Lena, la verdad estoy muy confundida.
- Pero tienes a Juan Antonio, el gran amor de tu vida. Te olvidas de Francisco para siempre, y finalmente cierras tu historia con él. ¿Qué te importa si Francisco hasta se casa con la teñida esa?
- Me muero si se casa con ella. No quiero ni pensarlo. Francisco es mi marido.
- ¿Te fijas? Entonces estás con rabia solamente. Déjalo que sufra unos días y los vas perdonando de a poco. Mandarle las maletas me parece un poco exagerado, pero supongo que debe estar harto asustado.
- Lena, ¿qué harías tú en mi lugar?
- Te juro que no sé. Supongo que lloraría, a Sven le pegaría un par de cachetadas y obvio que lo echo de la casa. Pero también me preguntaría que hice yo para que él se fijara en otra.
- No me parece, fíjate. No lo pienso hacer, tampoco. Si se fijó en otra es su problema, no mío.
Estuve toda la tarde en la terraza, pensando cuál es mi parte de la culpa en esta infidelidad. Y llegué a una conclusión: ninguna.
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